Cuando Sansón vuelve a buscar a su mujer y el padre le informa que se la dio a otro —y le ofrece a la hermana menor a cambio—, decide que esta vez tiene derecho a hacerles daño Jueces 15:1-3. Su respuesta es de una desmesura casi cómica: caza trescientas zorras, las ata por la cola de dos en dos con una antorcha en medio y las suelta por las mieses filisteas, que arden con las viñas y los olivares Jueces 15:4-5.
Los filisteos responden a la altura: averiguan quién incendió los campos y queman viva a la mujer y a su padre —justo lo que ella había querido evitar delatando a Sansón— Jueces 15:6. Sansón jura vengarse, los ataca «cadera y muslo» con gran mortandad y se retira a una peña Jueces 15:7-8. La espiral no se detiene.
Los filisteos suben contra Judá para prenderlo, y tres mil hombres de Judá bajan a la peña —no a defenderlo, sino a entregarlo— reprochándole que los mete en problemas con sus señores Jueces 15:9-12. Sansón se deja atar con una sola condición: que no lo maten ellos. Pero al llegar a Lehi, con los filisteos gritando de triunfo, el Espíritu de Jehová viene sobre él, las cuerdas nuevas se deshacen como lino quemado, y con una quijada de asno todavía fresca mata a mil hombres Jueces 15:13-15. Lo celebra con un juego de palabras —montones sobre montones con una quijada— y bautiza el lugar Jueces 15:16-17.
Y entonces, el detalle que da vuelta la escena: el hombre que acaba de matar a mil tiene sed y siente que va a morir de ella. Clama a Dios recordándole que esa salvación la dio por mano de su siervo, y Dios abre una hondonada en Lehi de la que brota agua Jueces 15:18-19. El más fuerte de Israel no puede resolver su propia sed y tiene que pedir. El relato lo subraya sin comentario: la fuerza no lo hace independiente de Dios.
El capítulo cierra con la línea que a menudo se olvida bajo tanta hazaña: juzgó a Israel, en tiempo de los filisteos, veinte años Jueces 15:20. No fue solo un forzudo iracundo; ejerció de juez durante dos décadas.