La dracma perdida
Entre las parábolas de lo perdido, Lucas pone junto a la oveja y al hijo la de una mujer que tiene diez dracmas y pierde una: enciende la lámpara, barre la casa, busca con cuidado hasta encontrarla, y llama a sus vecinas para celebrarlo. «Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente» Lucas 15:8-10.
La dracma valía más o menos lo mismo que el denario, el jornal de un día. Diez dracmas no eran una fortuna, pero sí unos ahorros de casa: perder una era perder la décima parte.
Las dos dracmas: el impuesto del templo
La ley pedía que cada israelita de veinte años en adelante diera «medio siclo, conforme al siclo del santuario», como ofrenda para el servicio del tabernáculo; el rico no daba más ni el pobre menos Éxodo 30:11-16. En tiempos de Jesús esa ofrenda se había convertido en un impuesto anual para el templo de Jerusalén, que pagaban los judíos de Palestina y de la diáspora. Su equivalente en moneda griega eran dos dracmas.
Por eso en Cafarnaúm los cobradores preguntan a Pedro: «¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas?». Jesús le pregunta a su vez si los reyes cobran tributo a sus hijos o a los extraños, y concluye que los hijos están exentos; pero, «para no ofenderles», manda a Pedro echar el anzuelo: en la boca del primer pez hallará un estatero, una moneda de cuatro dracmas, que basta para los dos Mateo 17:24-27.
¿Dracmas en el Antiguo Testamento?
La Reina-Valera habla de «dracmas de oro» en las listas del regreso del exilio: los jefes de familia dieron para la obra «sesenta y un mil dracmas de oro» Esdras 2:69, y el gobernador, «mil dracmas de oro» Nehemías 7:70-72.