Judas Iscariote es el último nombre de las tres listas de los doce que dan los evangelios, y en
las tres va acompañado de una aclaración que no lleva ningún otro: «el que también le entregó» Mateo 10:4Marcos 3:19, «que llegó a ser el traidor» Lucas 6:16. Los evangelios
se escribieron cuando todos sabían lo que había hecho, y no lo ocultan ni en la primera línea
que le dedican.
Pero tampoco lo presentan como un extraño. Era «uno de los doce», fórmula que los evangelios
repiten precisamente cuando narran la entrega Marcos 14:10Marcos 14:43.
Jesús lo eligió con los demás, lo envió con los demás a predicar y a sanar
Mateo 10:1-5, y Pedro lo recuerda después como alguien que «era contado con
nosotros, y tenía parte en este ministerio» Hechos 1:17.
Por la mañana, los sacerdotes llevan a Jesús atado ante Pilato Mateo 27:1-2. Según
Mateo, cuando Judas ve que lo han condenado, se arrepiente y devuelve las treinta piezas a los
principales sacerdotes y a los ancianos: «Yo he pecado entregando sangre inocente». Ellos le
responden que eso no es asunto suyo. Judas arroja el dinero en el templo, se va y se ahorca
Mateo 27:3-5. Los sacerdotes no quieren echar al tesoro un dinero
que es precio de sangre, y con él compran el campo del alfarero para sepultar a los
extranjeros. Por eso, dice Mateo, ese campo se llama hasta hoy «campo de sangre»
Mateo 27:6-8.
El libro de los Hechos, dentro del discurso de Pedro —o en un paréntesis del narrador, según
cómo se lea—, cuenta otra cosa: Judas adquirió un campo con el
salario de su iniquidad, cayó de cabeza, reventó por en medio y se le derramaron las entrañas;
todos los habitantes de Jerusalén lo supieron, y el campo se llamó en su lengua Acéldama,
«campo de sangre» Hechos 1:18-19. Los dos relatos se comparan arriba, sin fundirlos.
Otros con el mismo nombre
Judas Tadeo, el otro apóstol llamado Judas, al que el cuarto evangelio distingue como «no el Iscariote» Juan 14:22.